Han pasado más de dos meses desde que empezaron las renegociaciones del TLCAN. Fue una agenda ambiciosa para un corto plazo, desde la incorporación de los sectores energéticos y de e-commerce, hasta el impulso de mayor protección laboral y ambiental.

Sin embargo, después de cuatro rondas de negociación, la esperanza de llevar al acuerdo de veinticinco años de antigüedad hacia el siglo veintiuno, parece cada vez más escasa. Hasta este punto, una negociación exitosa puede ser simplemente que el TLCAN siga existiendo cuando todo esto termine, y queden los recuerdos de lo que hubiera sido.

Tony Garza

Para verdaderamente entender lo que está pasando, vale la pena repasar cómo llegamos aquí. Durante la temporada de campaña, el entonces candidato Trump, hizo del comercio un principio de su plataforma, señalando al TLCAN como el “peor tratado de la historia” y acusando a México de aprovecharse de su vecino del norte. En la Oficina Oval, su tono prácticamente permaneció sin cambios. Aun cuando el equipo de Trump empezó a establecer el marco de renegociación del TLCAN, el Presidente nunca pareció estar convencido. En la llamada filtrada entre el Presidente Trump y el Presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, dejó claro que fue persuadido hacia una negociación pero que de ninguna manera estaba seguro de su utilidad.

Para la gran mayoría de los economistas y analistas, la falta de apoyo al TLCAN parece rayar en lo irracional. Concuerdan en que al tratado le vendría bien una actualización pero estas ideas casi siempre están incluidas en un recuento de las virtudes del TLCAN: el aumento en las exportaciones de E.U.A., la disminución de precios para los consumidores, y el respaldo de 14 millones de empleos a través de Estados Unidos. Los ejecutivos de la industria también hacen eco de este sentimiento, con sus cadenas de producción yendo de un lado al otro del continente. Entonces, a primera vista, podría parecer irracional que un presidente revise esas mismas gráficas, eche un vistazo a esos mismos artículos, y aun así no tenga reservas para retirase del tratado.

Excepto, que dependiendo del punto de vista con el que se vea, sí es racional. Se reduce a lo que Trump está eligiendo maximizar: la política de corto interés, o la salud de la economía a largo plazo. Y con cada amenaza de retiro o desestabilización deliberada, queda claro que la prioridad de Trump es completamente el lado político. Atacar al TLCAN durante las negociaciones claramente se trata de una política a corto plazo, echando más leña al fuego para que una parte de la población vea al tratado con México no como una tabla de importaciones y exportaciones sino como una mezcla de conceptos más vagos de globalización, inmigración, y equidad. No es que a los estadounidenses no les agrade el acuerdo; de hecho, la mayoría cree que es algo bueno para el país, incluyendo a más de seis de diez de los partidarios de Trump. Pero cada día se vuelve más claro que el tema no siempre es el comercio en sí, sino también con quién comerciamos. Y para muchos de ellos, México es el villano.

Durante décadas, se han ganado puntos políticos al acusar a México de aprovecharse de los trabajadores de E.U.A. y de robarse sus empleos, y abundan imágenes de mexicanos haciéndose ricos de las fábricas vacías de los estadounidenses. Es en este contexto en el que los sentimientos de inequidad e ira prevalecen sobre las estadísticas y los modelos—sin importar lo precisos que sean—la política de comercio bilateral se separa de la realidad económica. Esto hace que la política económica dependa más de su recepción electoral que en los argumentos económicos, un juego complejo y confuso para los negociadores y los socios económicos de Estados Unidos.

Todo esto para decir que tenemos dos objetivos divergentes en juego simultáneamente. Trump está maximizando la política a corto plazo mientras que los negociadores del TLCAN están trabajando (o enfrentándose a tensos impasses) aparentemente para mejorar el lado técnico del tratado, y de este modo mejorando la competitividad de la región y la capacidad de generar empleos y prosperidad. En el tira y afloja de estos intereses en conflicto, Estados Unidos corre el riesgo de desarmar el TLCAN y el sistema económico que ha promovido, y poner en peligro su habilidad de ser líderes en el hemisferio y alrededor del mundo.

Con las negociaciones detenidas, es tiempo de ser honestos y ver que esto no sólo es un problema de encontrar un compromiso. Esta es una historia de una administración que no ve un beneficio político en negociar el TLCAN en buena fe, y no valora la realidad económica. Como el Presidente podría twittearlo: “Tan triste. Tan patético”.

Nota del Editor: Antonio Garza pertenece al despacho de abogados White & Case en la Ciudad de México. Garza es nativo del sur de Texas y fungió como Embajador de Estados Unidos en México de 2002 a 2009. Fue Presidente de la Comisión Ferroviaria de Texas, el 99° Secretario de Estado de Texas, y Juez del Condado de Camerón.  Se le puede contactar a través de tonygarza.com y seguirlo en Twitter @aogarza.